bob dylan

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Un hombre. Oriana Fallaci

Hay quien mide los tiempos en meses, otros lo hacen en vacaciones. Conozco a muchos cuyo diario viene marcado por conciertos y más conciertos. Bendita rutina. Este raro primer mes de julio de mi nueva era puede resumirse en algo así: trabajo y deporte entre un par de conciertos roto por el mejor de los eventos, uno con mucho que celebrar con amigos.

Dos conciertos tan especiales como para romper el día a día, completamente diferentes pero con un punto en común: ambos están protagonizados por viejos. El primero fue Bob Dylan que, marca de la casa, hizo exactamente lo que se esperaba de él: lo que le dio la gana. Por eso no interpretó ni uno sólo de sus clásicos como estamos acostumbrados a escucharle. Por eso fue capaz de crear un escenario y sonido impecable para unas 17000 personas sin poner ni una sola pantalla para que la gente de las últimas filas pudiera, siquiera, intuirlo. Con la seguridad que otorga llevar un guión medido de principio a fin sabiendo que sí, que eres bueno y lo sabemos.

El otro fue Buena Vista Social Club, banda obligada a sustituir varios mitos en su formación. Pero los que hicieron bailar incluso a quienes no nos gusta demasiado la música cubana fueron los viejos, con Omara Portuondo a la cabeza. Esa que sale vestida como siempre, que sólo puede caminar apoyada pero que baila completamente sola. Que se sienta y canta, y ya no existe nada más que ella y un piano.

Dos conciertos hechos para dejarse llevar sentada observando a dos bandas que conocen muy bien la liga en la que están jugando, liderados por vivos que se saben mitos. Becerros de oro capaces de cargar con ese peso porque son viejos. Sí, viejos, no nos de miedo decirlo. A mi me encantan los viejos, yo estoy deseando serlo. Me gusta verles haciendo lo que les da la gana encima de un escenario. O en el mercado intentando colarse, olé que arte. Me da envidia ver cómo lucen con orgullo sus canas, cómo disfrutan de verdad de un paseo con las amigas. Reconforta ver cómo se ríe o discute alguna mesa completa de jubilados para saber que hacen las cosas como hay que hacerlas, sin los complejos estúpidos que tiene quien sabe que la vida avanza tan rápido que no hay tiempo para pararse en tonterías. Y, reconozcámoslo, eso sólo se aprende con el paso de los años.

Otras veces me gusta pensar que los 30 son los nuevos 20 en un intento por detener la huida del tiempo. Debería hacerlo al revés y aumentar las ganas de llegar a los 70, así el camino se sentirá más largo. Pero sobre todo debería copiar a Dylan o Portuondo, disfrutar con lo que hago, hacerlo como sé hacerlo y como me de la gana, que es imposible gustar a todo el mundo. Cambiarlo cuando me aburra y dejar de añorar tiempos que ya no existen convertida en una caricatura de mi misma. Mejorarme, avanzarme y versionarme intentando hacerlo mejor o, por lo menos, diferente en un intento por no morir lentamente aplastada por la pérdida de novedades e ilusiones. Que pocas cosas hay más tristes que levantarte sabiendo exactamente todo lo que te va a regalar el día.

Hace un tiempo, un Doctor Sonrisa me dijo que ser mejor payaso va con la edad. Espero que ser mejor persona también.

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2 thoughts on “bob dylan

  1. Arriba el #oldpower y Benidorm; yo ya me voy haciendo mi hueco ;)
    Tengo la suerte de poder tomar nota a diario de como ser una “vieja” como Dios manda, además de un poco “vieja-verde”, como prometí a los 18 a una amiga que seríamos… Hasta entonces, feliz travesía en ests vida!

    • ¿Espíritu de vieja-verde desde los 18? ¿Aprendiendo cada día de los mejores? ¡A ti no hay quien te supere!

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