Cumpleaños

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Me regalo unas flores para mi cumpleaños, que estrenamos primavera.

Hoy es mi cumpleaños. Y ya son 35 así que poca novedad le queda a esto. Qué vamos a hacer, pero tampoco nos pongamos estupendos que mucho mejor es cansarse de soplar velas que dejar de hacerlo. Eso es así. Celebro pues 35 cumpleaños que incluyen tan sólo uno editando este n110.es, y será quizás por eso de la novedad que piense más en ese aniversario que en el mío. Hace justo un año decidí publicar eso que tenía guardado en borradores para ver si había alguien tan interesado en ello como para perder unos minutos leyéndolo. Muchos nervios, mucha vergüenza y mucha tontería también, que vuelvo a ponerme estupenda y tampoco es para tanto. Más bien, para nada.

Sigamos, pues. Además de para pagarse unas cañas y recibir algún que otro tirón de orejas, ¿para qué sirven los aniversarios? Quizás para poner puertas al tiempo, mirar hacia atrás y, claro está, comparar. No me considero una persona muy melancólica, por lo que espero que si vuelvo la mirada sea siempre para seguir hacia adelante y llegar por lo menos hasta el día de hoy. Por eso me gusta mucho cómo Unicef está utilizando de forma impecable el hastag #Siria5años, recordando que ya llevamos demasiado tiempo sin dar una solución a quienes no tienen culpa de nada. Una flashback digital que es un guantazo al presente al ver que nada ha cambiado en estos cinco años. Uno de cada tres niños sirios sólo ha vivido en guerra. Demoledor.

Después de escuchar algo así es estúpido pensar en cumpleaños y en retrovisores que enseñen lo que he estado haciendo durante todo este tiempo para ver si me reconozco y me reconocen por ello. ¿Para qué? Todo quedó en nada cuando comprendí que por mucho que planifique siempre puede pasar algo que de al traste con todo, somos así de débiles. Por eso, aunque paradójicamente sea imprescindible vivir planes propios o ajenos, intento tener presentes tres palabras que escuchaba mucho en mi otra vida en Fundación Theodora: Aquí y ahora. Sin más.

Aquí y ahora se refiera a ti y a mí dejando de lado reconocimientos vacíos.  No habla de lo que enseño yo, ni siquiera de lo que ves tú. Tampoco de lo que proyectamos a través de nuestra ropa o profesión, o aquello que compartimos en Instagram, esa aplicación, como muchas otras, a la que contamos más cosas que a un compañero de piso. A veces palardeamos la vida como palardeamos el vino, que diría Luis Piedrahita, de boquilla, pensando lo bien que seleccionamos lo que queremos mostrar, aquello por lo que pensamos que nos van a aceptar. Y eso me lleva a pensar en una frase de Laura Ferrero que resume todo esto (y que, evidentemente, pensando en lo que enseña mi identidad digital, compartí en twitter): Entre lo que no podemos decir y lo que no queremos decir se nos escurre lo que nos define“. 

Por eso quizás el verdadero reconocimiento sea re-conocerse y mirar de frente a  quien puedes contar aquello que te reprochas sentir, que te avergüenza siquiera pensar. O, no volvamos a ponernos tan intensos, alguien que comparta contigo tus ganas de hacer el ridículo si eso implica reírse hasta llorar. Con eso basta. Porque incluso un vendaval tan reconocido como Janis Joplin lo único que buscaba era eso, sentirse amada, que no significa otra cosa que aceptarse y aceptar que todo va incluido en el lote que compramos completo. El nuestro y el de los demás.  Para que no se me olvide, hoy celebraré mi cumpleaños viendo Janis: Little Girl Blue. O no, mejor me tomo algo. Aquí y ahora.

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