Elogio de la normalidad

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Es un tópico: junio huele a verano como la Navidad sabe a turrón. Son esos lugares comunes los que, por gastados, son tan cómodos. Como tus mejores botas, las buenas. O las sandalias que son para toda la vida. Esos zapatos que te han llevado a tantos sitios marcando el mismo paso (unos en invierno, otros en verano) del modo en el que las estaciones marcan el avance del año.

A mi me gusta esa normalidad, me reconforta saber qué esperar. Hace que me relaje y ponga todos mis sentidos en lo único realmente importante: disfrutar. Y hacer disfrutar. Si uno quiere, la vida puede ser un poco así, creo yo. Recrearse en la rutina de levantarse cada mañana y poner la radio sabiendo que alguien majo está al otro lado (en mi caso, está muy claro). Ir tranquilo a trabajar, sin atascos, por favor. Llegar a la oficina y hacer lo que se espera de ti, cobrar tu salario y, además, entretenerte con todo ello.  Lo normal.

Volver a casa, cocinar algo rico y tomarte un vino, sólo uno, que no será tan malo. De hecho hay gente a la que se lo receta el médico, literal. Bendita medicina. Poner música mientras tanto, quizás Vetusta Morla, otro símbolo de naturalidad capaces de llenar el Palacio de los Deportes con la ayuda de su música. Y poco más.

Hacer una nueva receta un jueves, y que te salga rica. Quedarte helado en una terraza segoviana un viernes. Madrugar el sábado para sentir que tienes todo el día por delante. Y dormir un poco más un domingo para despertarte después con la serena perspectiva que te ofrece una leve resaca.

Aprender a hacer algo nuevo. Y disfrutarlo. Equivocarse, contradecirse. Recordar por qué y para qué. Coger un problema y hacerlo un reto (sí, esa frase que sólo pudo inventarse el jefe que te regala un marrón pero que, hay que reconocerlo, es útil).

No tomar una pastilla cada vez que duela dentro, muy dentro.

Comer tomates cuando toca. Y sandía en julio. Que me sepa rica.

Lo normal.

Protocolos diarios que, lejos de ser elitistas, ordenan el día a día. Rutinas que están ahí para ser abandonadas. Hábitos que normalizamos e interiorizamos con una facilidad asombrosa, incluso cuando nos perjudicamos a nosotros mismos. Y voluntariamente. No entiendo cuándo empezó a ser normal escuchar a tertulianos gritar en supuestas tertulias políticas desde las ocho de la mañana. Ni por qué un periodista tiene que saber qué tiene que escribir en función de quien le pague. No sé cuándo aceptamos que la forma de trabajar de la que hablaba antes dejó de ser la buena, ni por qué nos parece correcto valorar al que pisa más. Siguiendo con el texto, tampoco sé en qué momento nos importó que un artista se promocionara vistiéndose con carne en lugar de comérsela o, lo que es más importante, cantar.

Cambiando de tema, tampoco sé cuándo decidimos que en campaña electoral hay que gritar. E insultar. Ya no hablo de robar. No sé por qué no es normal que todos aquellos en los que alguien ha confiado tanto como para darles su voto no se puedan sentar a trabajar pensando precisamente en los que les hemos elegido, no en su bien personal. Y, entre tanta normalidad, me parece increíble que destaquen Carmena y Colau por hablar pausado, por no insultar. Es triste que esta sea la excepción entre tanta normalidad.

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3 thoughts on “Elogio de la normalidad

  1. Recrearse en la rutina de levantarse cada mañana!!!!! por eso me tachan a mi de rara :) y me encanta mi rutina, y cada día más; y leer este post que me hace sentir, no se por qué, una paz y una tranquilidad…será por que lo estoy??? será!
    una y otra vez #bravo #n110

  2. Tre8s bon anniversaire !Happy btrdhiay !Muchas felicidades (j’ai copie9)Frane7oise Sagan e0 New York signait son livre “Bonjour tristesse” en mettant “With all my sympathies” ; au bout de 15 jours on lui a dit de changer : e7a ne voulait pas dire avec toute ma sympathie comme elle le pensait, mais : toutes mes condole9ances.Cordialement, monique

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