De librerías de viejo, libros usados e historias

librerias_de_viejo_byn

Siempre me ha gustado rebuscar en librerías de viejo. Es tan interesante su nombre como todo lo que esconden dentro. Esas paredes empapeladas con libros usados guardan el saber de los carajilleros de toda la vida, frente a la pulcra sencillez de tantos espacios decorados siguiendo directrices nórdicas. Son víctimas de un bendito síndrome de diógenes que les obliga a acumular polvo y saber, partículas que se posan lentamente sobre todo lo que permanece allí dentro. Por eso estos libreros, como los buenos taberneros, sólo aprenden su oficio trabajando. Y escuchando.

Guardan montañas de libros entre las que encontrar esos clásicos que casi no publica ninguna editorial, joyas descatalogadas o algún best-seller con dedicatorias tan personales que no entiendes cómo alguien ha sido capaz de regalarlo. Sí que tuvo que terminar mal la cosa, sí. Libros usados con una doble historia que te enganchan entre sus letras del mismo modo en que lo hacen las anotaciones de sus páginas. Una maravilla, sí señor.

Las librerías de viejo son lugares que me hacen creer que es posible que todo lector, cuando muere, se refugie en el cementerio de los libros olvidados. Torreón de Rueda o Libros del reino secreto me lo recuerdan sin salir de Segovia. Muchos de los puestos de la Cuesta de Moyano también, al igual que Tuuu Librería, ambos en Madrid. Este último me gusta especialmente porque puedes salir de allí con todos los volúmenes que te quepan en la mano y pagar lo que tú consideres, ni un céntimo más. Sus dependientes, por tanto, tienen mucho que contar del género humano, ya que no sé yo cómo nos portaremos, tan generosos todos, cuando nos dan esa oportunidad.

Cualquier lugar lleno de libros me hace soñar. Hay incluso quien cree que el poder de las palabras que guardan dentro se transfiere a quien lo posee, por eso hay mucha, mucha gente que decora sus oficinas con pesados tomos sólo para intentar impresionar a sus invitados. No sé si sabrán que se nota si los han ojeado siquiera en cuanto comienzan a hablar. Tengo un amigo que siempre contaba que tenía dos libros de Weber en la mesilla para impresionar a las chicas que subían a su casa. Nunca supe si realmente le funcionó, no sé yo, pero si alguien es capaz de llevarse un libro a la cama puede que realmente sea cierto que damos valor a la cultura o, por lo menos, a la gente que lee, como si una persona culta no fuera capaz de ser miserable. Un ejemplo es Nikola Koljevic, el profesor universitario de literatura que, según parece, fue uno de los principales artífices del bombardeo de Vijenica, la biblioteca de Sarajevo.  Un lector que quema libros, paradojas de la vida. O conmigo o contra mí, parece decir, pero nunca sabremos qué pasó realmente por su cabeza, se suicidó en 1997.

He visitado pocos sitios más bellos que esa biblioteca. Por casualidad, entré a verla con dos amigas cuando aún la estaban reconstruyendo hace ya unos años durante un viaje por Bosnia-Herzegovina. No quedaba ni un libro, evidentemente, tan sólo muros con dibujos desconchados como el que abre este texto, pero el orgullo con el que aquel paisano nos invitó a entrar demostraba el valor de aquellas paredes en ruinas. Sabemos que este edificio fue el símbolo de la diversidad cultural de un pueblo que tardará mucho tiempo en volver a vivir esa riqueza en sus calles. Sólo por eso ya tiene una trascendencia incalculable, pero no se puede olvidar que Vijenica es también lo que es por ser un recinto donde se protege la ficción. Hay mucho valor, por tanto, dentro de cualquier biblioteca pública. Deberíamos custodiarlas tanto como la colección de libros que podamos tener en casa y, sobre todo, la que uno ha leído. Porque, por lo menos yo, sólo leyendo y releyendo me topo con historias que me arropan y me dejan viajar cuando es imposible moverme. Relatos con los que me dejo atravesar para acercarme a comprender aquello que no me atrevo, y puede que no quiera, sentir. Testimonios que entienden y verbalizan aquello que soy incapaz de imaginar, acompañándome así en cada página.

Todos necesitamos una historia, y ésta es la mía.

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on Google+Email this to someone

2 thoughts on “De librerías de viejo, libros usados e historias

  1. Yo me quedo con el olor de la biblioteca de mi pueblo!!!
    ese sitio al que íbamos a “hacer un trabajo”, porque antes no teníamos internet (parezco prehistórica, y sólo han pasado unos 25 años…)
    Donde siempre rebuscábamos a ver qué había, y si estaba prohibido, más!
    La del cole tenia también su encanto, pero no ese olor, que soy muy de olores…Pero lo que si que tenía era #LaPerlaNegra, una novela que nos leían durante la hora de Plástica, amada asignatura, mientras hacíamos las tareas. De tapas duras, color champange oscuro, o marrón grisáceo, que no consigo olvidar, y de la que no recuerdo su autor, una pena… Tal vez Scott O’Dell?
    Qué verdad esa de que cada libro tiene su historia, los míos por lo menos ;)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.