#listaspara… hacer cuentos de canciones*

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Entiendo que a todos nos pasa, seguramente antes  de lo que nos gustaría. Es algo que se convierte en un hábito demasiado habitual, una costumbre tan social como la lúcida resaca de viernes o el práctico ya empezaré mañana. Por eso sé que no soy tan ingenuo como para creerme especial por instalarme para siempre en la placidez etílica de una nochecita sanjuanera. No soy ni el único, ni el último, porque la de veces que escuché a Pablo acercarse bailando a la guiri más rubia a su alcance para lanzarle su famoso “I enjoy the forbbiden, it is my secret“, creyéndose el rey de la pista, como si fuera un chaval que, a sus 19 años, saca la moto a pasear delante de sus amigos, tan flojos de pantalón como de vaso de calimocho, con la única intención de seducir erasmus borrachas ensayando su mejor inglés.

– I’ll catch the sun for you. ¿o no? ¿Era the sun o the moon?  Te traeré the sun, the moon, the stars!

–  …

– Cómo era… eh… I love tus ojos deep blue!

– …

– I will take you to the starlight night

– puff…- pero los grandes ojos abiertos por la incomprensión comenzaban poco a poco a cerrarse con una sonrisa. Siempre me ha gustado la gente que se ilumina con los ojos.

Walk away o no, daba igual, casi siempre funcionaba, objetivo conseguido. Pablo el primero. Si había suerte, quizás la guiri tendría alguna amiga, algo accesorio porque siempre, con chica o no, ellos estaban allí. Por eso, repito, sabía que no era el único. Por eso pensaba que era tan normal vivir sin esperar nada más. Porque nada interesaba más.

Fuimos reyes, lo sé. No sé de qué, pero para nosotros así fue.  Emperadores de una secuencia de instantes que, pensábamos, era original. Sólo nuestra. Tuvo que pasar mucho tiempo, y pocas cosas nuevas, para que me diera cuenta de que  no sólo era cierto que Dolores se llamaba Lola, de Dolores está hecha la misma vida. Así nombré después a mi historia, la historia triste que comenzó en el segundo en que ese halo,  el roce de tu cuerpo dejó de interesarme hasta ser la alarma de las carcajadas tan triviales que me despiertan cada día para permitir, hasta que abro los ojos, que respire acunado por mi dulce nostalgia.

Las lágrimas no saben ya a risa, la marca de agua ahora es sal. Por una pretenciosa convención me olvidé de vivir tal y como lo hacíamos, dejando escapar incluso a aquel grupo de amigos intocables, cambiándoles por no sé qué rutina imprescindible tan absurda como la presencia de un carnívoro en el backstage de un concierto de Morrissey, aunque sea en el mismísimo estadio azteca. Pablo, las guiris, ni siquiera la moto, esa máquina que antes me hacía volar, arrancan ya para dar una vuelta por el universo, nuestro universo. No cruzan ni un puente cercano, ni siquiera aunque haya un guardia parando el tráfico siempre que quiera.

Sobrevivo sí, pero tampoco me vuelvo loco, no merece la pena. No quiero correr de nuevo tras ilusiones vacías, aunque me contradiga y haya momentos en los que quiero escapar detrás de ella. Sólo me dura una noche, cuatro días, no más, pero ya no es igual. Intento irme de aquí aunque no puedo porque, miedosa vida adulta, me quedo contigo si me das a elegir. Pero cuántas noches, desde esta rutina, imagino cómo  los ángeles lloran así mientras me acuerdo de Pablo y su “Do you remember the first time, Teresa Rampell, cuando como náufragos probamos el agua salada?

* La banda sonora germen de esta historia. 

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