Truman

trumanUna de las buenas noticias del otoño, que digo yo que alguna tendrá, es que también el cine deja de estar de vacaciones. Vuelve a ser un gustazo mirar la cartelera y dudar entre varias películas, aunque mi última elección fue muy sencilla: si viene Darín, yo voy. Truman, de Cesc Gay, está en cartelera, protagonizada por el argentino y Javier Cámara. Esta película aborda una de esas preguntas de las que no tienes ni idea qué responderás hasta que no queda más remedio: cómo actuar ante tu propia enfermedad terminal. Qué harías, en definitiva, si tuvieras la oportunidad de elegir cómo quieres morir. Así, con un par.

A pesar de lo dramático del tema, Gay lo cuenta con la sutileza necesaria para meternos en la trama casi sin querer y darnos cuenta así de que lo único que podemos hacer, como casi siempre, es ir paso a paso. Descompone todo el proceso en instantes para entender que sólo puede verse aliviado por la compañía de las personas adecuadas. Truman es, por tanto, una historia sobre la amistad, en este caso recuperada por el impacto de una noticia que devuelve la necesidad imperiosa de estar junto a la persona correcta, la única que de verdad lo va a hacer fácil.

Durante toda la película intenté saber qué respondería yo si uno de mis mejores amigos me dijera que quiere parar, que ya no merece la pena seguir. Y que lo hiciera con la consciencia y serenidad con la que Darín se lo explica a Cámara, movido por la clarividencia que otorga el dolor. Humana y, por tanto, egoísta como soy ¿intentaría convencerle? Siendo sincera ¿pensando en el bien de quién? Me parece casi imposible estar ahí, escuchar, no juzgar y, sobro todo, no soltar un “tú puedes con ello” sabiendo que no, que hay ocasiones en las que uno, sencillamente, no aguanta un minuto más.

Truman sí que lo consigue. Toda la película es un ejemplo de esa fidelidad bien entendida, aquella que acompaña y no se impone, como la lealtad de Ricardo Darín hacia su mascota, o la honestidad de Javier Cámara, ese amigo que sabe cómo estar del lado de la coherencia del protagonista hacia su modo de vida, pase lo que pase. Un respeto ganado a base de pocas palabras y muchos actos, algo que otorga el derecho a marchar libremente a quien ha dado tanto.

Cambiando los sujetos por nosotros mismos y, por tanto, las situaciones por nuestras propias experiencias, seguro que también podemos hablar de personas que salen de nuestras vidas casi sin que nos demos cuenta de lo dentro que estaban. Y como tampoco es cuestión de seguir tan dramática, ahora estoy hablando de los actores que entran y salen de nuestra propia película siguiendo un guión que nosotros no hemos escrito. Amigos que se fueron, parejas que nos dejaron, compañeros de trabajo a los que no volvimos a ver… Gracias, hasta la próxima, si nos encontramos. De no ser así, otros vendrán, digo yo.

Porque lo único que no cambia es que siempre hay cambios, esto es así. Mudanzas y despidos que hacen que conozcamos a mucha gente, que no pare. Conocidos que pasan, dejan algo y se marchan. A veces nos reencontramos, que siempre hay segundas oportunidades para todo, incluso nos la merecemos nosotros mismos. Otras no. De nosotros sólo depende cómo recordarlo. Volviendo a la enfermedad, que parece que hoy me ha dado por ello, la vida profesional me llevó a conocer bastante bien algunos hospitales por dentro. Hace ya un tiempo de ello, y de lo que de verdad me acuerdo es de que están llenos de profesionales y pacientes que se comportan como Javier Cámara en Truman. Gente que acompaña porque sólo sabe hacerlo así. Y lo hace fácil porque está para lo único, lo importante.  Muchos de ellos aparecen en Felices por Narices, el libro de la Fundación Theodora. Otros no están en cuerpo, sí en esencia. Como siempre, de nosotros depende descubrirlo. Y recordarlo.

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